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jueves, 1 de mayo de 2008

Fábula de la mula Parda






Fabula de "La mula Parda"


por Ana Alejandre

La mula de nuestra historia a la que su dueño la llamaba Parda, hija de un burro y una yegua, era la mula más burra de todas las mulas que habitaban en la granja. Su testarudez e incapacidad para realizar ningún tipo de trabajo útil para la granja, obligó a su dueño a tenerla ociosa, alejándola de cualquier tipo de trabajo, porque los estragos que hacía este animal eran superiores a los más que dudosos beneficios que pudiera proporcionar su tarea, ya que tiraba la carga que le ponía encima, se negaba a tirar del carro cuando su amo quería utilizarla de animar de tiro y un largo etcétera. Así se pasaba los días del pesebre al prado, por el que le gustaba corretear dando coces al aire mientras sus compañeras de establo se afanaban en acarrear, portear, tirar del carro y realizar los trabajos propios de un jumento

La vida de holganza que llevaba la mula Parda que, además, era muy"burra" se debía a que cuando Rodrigo, el granjero, compró la granja el anterior propietario le vendió tambièn los animales que había en ella y no podía deshacerse del desagradable animal , a pesar de su inutilidad y de los problemas que le causaba, ya que ningún otro granjero quería comprar la mula ni tampoco aceptarla como regalo, porque todos conocían su mal caracter su torpeza y, además, estaba enferma y, por eso, a su amo le daba pena sacrificarla y le permitía vivir sin trabajar y salir junto a las otras mulas de la granja cuando iban a realizar sus tareas para que tomara el sol y no se agravara le enfermedad que la mula padecía desde hacía cierto tiempo, ya que también le daba lástima dejarla atada al pesebre continuamente.

El granjero estaba harto de la inutilidad de aquel animal parásito y de los problemas que le causaba porque la mula se le había escapado varias veces de la cuadra y se iba hacia las viñas, también propiedad del granjero, lugar que junto al prado, eran los sitios favoritos de aquel cuadrúpedo inútil y holgazán que, cuando el granjero le quería obligar a salir del terreno de las viñas porque pisoteaba las vides y mordisqueaba las uvas, produciendo perdidas en la futura cosecha por los estragos que provocaba, el animal se revolvía, soltando coces y mordiscos hacia quien intentaba privarle del placer que le proporcionaban aquellos solitarios y autónomos paseos del prado a la viña y de la viña al prado, que le producían una ración extra de comida y pérdidas al granjero, además de innumerables disgustos.

El granjero tenía otros problemas, aunque desconocía quién se los creaba, pues recibía bromas, sin utilidad alguna por parte de quien se las gastara, como eran encontrar unas patas de gallinas colgadas en la puerta, una calabaza hueca y con aberturas que simulaban una calavera y con una vela dentro que alguien le ponía en la ventana, con el susto consiguiente de su familia, o bien, un esquilón de vaca que sonaba al lado de su casa y le hacía pensar que se había escapado la única vaca que tenía, levantándose en frías noches de invierno para comprobar que era un cencerro colgado de un árbol el que sonaba cuando lo movía el viento. Le irritaban tanto las bromas de mal gusto como el hecho de ignorar quién las provocaba y fue entonces cuando se le hizo la luz, al pensar que sólo podía ser la nueva ocupante de la granja vecina la que lo hiciera, porque su granja estaba lo suficientemente cerca de la suya como para no tener que andar mucho trecho para colocar aquellos objetos en su puerta o ventana y retirarse rápidamente sin ser vista. Además, todo había empezado a raíz del día en el que, a la granja vecina, llegó una nueva granjera, trabajadora, diligente y simpática que trataba muy bien a todos los animales, los de su propiedad y los ajenos. Su granja producía buenos beneficios para la inteligente granjera, incansable en su trabajo y buena persona, que se llevaba bien con todos los otros granjeros de los alrededores y todos habían recibido, de una forma u otra, los beneficios de tener tan buena y complaciente vecina y se deshacían en elogios hacia ella.

El granjero pensaba que la causa de aquellas extrañas bromas podía ser la venganza de su nueva vecina por las continuas incursiones que la mula Parda hacía a los terrenos de la nueva granjera que intentaba convencer al animal siempre con buenas maneras, que se estaba metiendo en terreno ajeno y no podía permitírselo porque, además de comerse buena parte de las zanahorias, repollos, calabazas y manzanas que la afanosa granjera cosechaba, le pisoteaba los sembrados y había tenido la desfachatez de llegar a colarse en el interior de la vivienda de la granja, cuando encontraba la puerta abierta, tirando los objetos que encontraba a su paso o empujándolos con el hocico. La granjera había hablado con el dueño de la mula Parda, en su doble condición de animal es decir, de mula y burra, para que no le permitiera salir del cercado que marcaba la frontera entre ambas granjas y el granjero le decía siempre que ya no sabía qué hacer con semejante mostrenca porque ningún granjero la quería ni regalada y le daba pena sacrificarla, ya quela compró con la granja y le había cogido cierta querencia, además de que estaba enferma, por lo que procuraba tener una mayor tolerancia hacia “la burrería” de la mula Parda.

Los problemas siguieron a pesar de que el granjero procuraba tenerla atada al pesebre, lugar en el que comían las otras bestias de la cuadra: seis mulas por entonces, porque el amo se había desprendido de algunas otras tiempo atrás, porque estaba harto de alimentar a tanto animal inútil y torpe. Todos las que quedaban, aunque bastante tercas como toda mula, eran menos díscolas y más útiles para el granjero que la mula Parda que sólo sabía comer y estorbar, pero sin ofrecer ningún provecho.

Fue entonces, cuando aquel insoportable animal, ante la imposibilidad de moverse a sus ancha, tuvo una idea para vengarse y hacerle más estropicios a la granjera que sólo había cometido la supuesta falta de echarla de su granja mientras le decía de buenas maneras que aquel no era su sitio y le negaba las zanahorias que, al principio de su llegada, le daba en un gesto de afectuosa complicidad con el animal, hasta que se dio cuenta de que la mula era más animal que otros animales, en cuanto a bruta se refiere

Pues bien, la idea de la mula Parda consistía en que, mientras ella se quedara atada al pesebre, le encargaría, cada noche cuando todos estuvieran durmiendo, a una mula distinta, compañera de pesebre, ir a la granja vecina para que provocara algún estropicio a la granjera y que su amo, al ver que ella estaba atada y sin poder moverse, pensara que la granjera mentía y que los desperfectos se lo hacían los animales propiedad de la granjera y no la mula Parda que resultaría así inocente y su amo le dejaría de nuevo suelta para hacer lo que le viniera en gana.

Las otras mulas que también miraban con envidia las zanahorias, manzanas , coles y calabazas de la granja vecina y que su amo nunca les daba, sino sólo la insípida y monótona cebada, aceptaron gustosas la propuesta de la mula Parda porque así podrían darse un festín de las sabrosas hortalizas que encontraran en la granja vecina y la mula Parda les prometió a todas sus compinches que estaría vigilante y avisaría cada vez que entrara una de ellas en la granja vecina, dando coces sobre una tubería metálica cercana al pesebre que harían mucho ruido, si viera a su amo ir hacia la cuadra, para que la mula intrusa pudiera salir de la granja vecina con sigilo y no ser sorprendida.

El plan lo llevaron a cabo con exactitud milimétrica porque, además de la comilona a base de hortalizas que cada mula expedicionaria se daría, se divertían todas muchísimo al oír a la granjera vecina quejarse al notar sus sembrados pisoteados y sus hortalizas mordisqueadas y también cómo Rodrigo, el granjero, le aseguraba que la mula Parda no era la causante de tales desmanes porque estaba continuamente atada con toda seguridad y siempre la encontraba inmóvil en la cuadra.. Rodrigo le decía a su vecina que comprobara si era algún animal de su propia granja el causante de los estragos en los sembrados y en la cosecha. La granjera le decía que no podía ser ninguno porque sólo tenía gallinas y conejos y todos ellos estaban en sus correspondientes jaulas, además de que no comían en cantidades semejantes a las que notaba en falta.

Las mulas se divertían y comían gratis a costa de la granjera y la mula Parda, al demostrar así su inocencia, era puesta en libertad por su amo que no acertaba a comprender aquel enigma, aunque sospechaba que ni la mula Parda era inocente ni las otras mulas tampoco, porque las notaba cada días más rollizas y bien alimentadas, a pesar de que sabía que la ración que les daba era siempre la misma, por lo que de alguna forma conseguían una ración extra de alimentos y no podía provenir de otro lugar distinto a la granja vecina. .Pensó que no le convenía impedir las expediciones de sus mulas a dicha granja porque, además de vengarse de las afrentas anónimas de su vecina, ya que no podía ser otra persona la autora de las pesadas bromas nocturnas, también serviría para que estuvieran bien alimentadas sus mulas a costa de la granjera vecina con el consiguiente ahorro en cebada por su parte, además de que los animales podrían trabajar más y mejor con esa abundante y rica alimentación extra y gratis para él.

Soltó a la mula Parda y por la noche dejaba abierta la puerta del establo, aunque nunca había cerrado demasiado bien, con el propósito de que, tanto la mula Parda como las otras mulas, hicieran cuantas incursiones a la granja vecina quisieran porque le convenía a todos ellos: granjero y mulas. y sólo saldría perjudicada la granjera vecina, pero a nadie duele el daño ajeno, sobre todo si provoca, a su vez, un beneficio al que lo causa. Tuvo también una idea propia de todo avaro, ya que si las mulas podían comer gratis, por qué no intentar él también sacar algún provecho cogiendo alguna berza, un manojo de zanahorias y alguna col o calabaza, en cantidades pequeñas, para que pareciera ser comidas por cualquier animal herbívoro, para poder utilizarlas como alimento para él y su familia. La granjera vecina tenía siempre suficiente cantidad como para poder prescindir de lo que se comieran las mulas y él se llevara.

Eran muchas las razones que la granjera, harta de los perjuicios que le causaban quienes entraran en su granja, oía en defensa de la mula Parda y las otras mulas de la cuadra que el granjero le explicaba a la granjera afectada y que ella, al principio, creyó pero, poco a poco, fue perdiendo la confianza en la sinceridad del granjero y en la inocencia de las seis mulas porque también había advertido la rolliza apariencia que todas ellas tenían de un tiempo atrás y que demostraba ser producto de una dieta variada y abundante. Como pensaba que las intrusiones en su granja sólo la podían hacer de noche, lo que le confirmó el hecho de que los hortalizas que ponía en un montón, poco antes de acostarse, aparecían desperdigadas, mordisqueadas y buena parte desaparecía, tuvo la prueba de que los intrusos sólo podían haber entrado en su granja después de media noche que era cuando ella se disponía a dormir.

Por eso, a partir de entonces, se quedaba insomne, esperando a los animales o humanos que entraran, pero siempre con su escopeta cargada con abundantes perdigones de sal. Sólo tenía que esperar, paciente y vigilante, a que la mula Parda, de la que siempre desconfiaba como autora de los hechos, entrara en su granja, seguida o no por el granjero, para darles un buen escarmiento. Y así fue como una noche, ya entrada la madrugada, vio la sombra furtiva del granjero que entraba seguido por la mula Parda y las otra cinco, en una comitiva silenciosa en la que, uno y otras, buscaban saciar su avaricia y su apetito. Notó que el granjero llevaba un cesto en el que iba depositando con sigilo las diversas hortalizas que escogía entre las que había dejado ella preparadas como señuelo, mientras las mulas comían parte de las hortalizas que formaban el montón y que el granjero desechaba mientras recogía en el cesto las mejores. No lo pensó más, con pasos rápidos y silenciosos se puso detrás de ellos que no la vieron llegar, afanados como estaban en lo ajeno, y si pensarlo dos veces, disparó varias perdigonadas que hicieron blanco en las ancas de las mulas y en las posaderas del granjero y que recibieron los heridos entre gritos,lamentos y coces al aire mientras salían de estampida, dejando las hortalizas desperdigadas y maltrechas y un halo de quejidos del hombre y las bestias que le llenó de regocijo a la granjera mientras cargaba la escopeta con nuevos perdigones, por si alguno de ellos intentaba volver por no haber recibido suficiente perdigonada y humillación.

Nunca más volvió a ver a las mulas que el granjero malvendió, pasado cierto tiempo, una vez curadas de las perdigonadas, a otros vecinos del contorno, aduciendo que ya no le hacían falta porque las iba a sustituir por maquinaria agrícola. El granjero no se pudo sentar en una larga temporada; pero, una vez curado nunca volvió a acercarse a la granja ni a levantar la cabeza cuando se encontraban la granjera y él, al pasar por los caminos vecinales, porque todavía se acordaba de cuando le preguntó su vecina, unas semanas más tarde de la noche aciaga, qué le pasaba porque lo veía andar con dificultad. Él agachó la cabeza sin decir nada y ella sonrió, ya que nadie puede admitir que ha sido herido en la comisión de un delito.

La mula Parda fue regalada, que no vendida, al propietario de una granja lejana que no la conocía en su mala fama, porque no había nadie que la quisiera por su difícil carácter, su inutilidad y su terquedad de noble bruto, pero en este caso, de más bruta que noble Aunque le había dejado huella la perdigonada recibida, a pesar de que tenía desde siempre un pelaje mortecino y con trasquilones, la perdigonada le había dibujado una extraña marca en una de las ancas como recuerdo imborrable de su condición de bruta parásita y esa señal parecía la de un blanco o diana, como si la granjera antes de dispararle, supiera dónde hacerlo para que a la bestia no se le olvidara nunca que en su pesado trasero de mula torpe había recibido el castigo a su pertinaz y torpe osadía de bestia irracional que quería provocar continuamente y medirse con un ser humano pensante, creyendo que actuaba en la más absoluta impunidad por sentirse falsamente protegida por el granjero, quien la mandó a hacer gárgaras cuando le convino y la mula Parda ya no le servía para nada más que de estorbo, al igual que las otras cinco mulas que eran pruebas vivientes de un fatal error cometido.

Mientras tanto, los granjeros vecinos, bromistas natos, se frotaban las manos muertos de risa, pensando que las bromas que le gastaban al granjero como forma de divertirse, las había pagado la nueva granjera, ajena a lo que unos y otros tramaban, pero que, en el momento que menos lo esperaban, había decidido poner fin a tanta intrusión en sus terrenos, a tanto parasitismo y a tanta insolencia, con la única razón que todos conocen y es la de una buena perdigonada en sálvese la parte, ese noble sitio donde acaba la espalda y que sirve de blanco perfecto y también para dejar la marca indeleble que recibe a fuego quien se mete en terreno ajeno sin permiso del dueño.

Demasiado tarde se dieron cuenta de que el peligro estaba en quien, pacífica y respetuosa con sus vecinos, disparó al conjunto de amo y mulas, harta de las molestas intrusiones, las coces y mordiscos de la mula Parda y sus compañeras de cuadra y de los abusos de su dueño, pues la única diferencia entre todos ellos, en casos como éste, es que puestos uno al lado de laa otras, nadie sabría decir quién es menos noble y quién es más bruto.
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Moraleja.- Antes de meterte en terreno ajeno, procura saber quién es el dueño y si es o no un experto tirador que tiene el arma siempre cargada y a punto, para evitar salir con una perdigonada en las posaderas y la sensación humillante de haber sido descubierto in fraganti por creer que los demás son más crédulos, inocentes o tontos que tú, porque la prueba de tu error te puede escocer permanentemente en las posaderas, impidiendo sentarte cómodamente en tu poltrona, en un difícil equilibrio entre el recuerdo de tu ignominia y la lacerante sensación de ridículo